lunes, octubre 14, 2019
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Bella Vista: La fábrica de hacer películas que no se resigna al olvido

por Cintia OJEDA
por Gisela EDERLE

Bella Vista es una ciudad conocida como la ciudad del árbol. Fue el paisajista francés Adolfo Sourdeaux que en memoria de su París Natal sembró las calles y cada rincón de esta ciudad con la flora foránea.

También ayudó con el plan el reconocido arquitecto Carlos Tays. Tal fue el efecto, que hasta existe una festividad nacional en esta ciudad en honor a los árboles desde el año 1902.

Sin embargo, lejos de este oxigenado prontuario, la ciudad tiene otro galardón menos conocido.

Es que hace 80 años sus calles se llenaron de color, fotogramas y luces para recibir a las máximas estrellas de la pantalla grande y coronarse también como la ciudad del cine.

Exequiel Viqué es tranquilo y mira a los ojos cuando habla, tiene 34 años, es profesor de filosofía, coleccionista y apasionado por la historia. Cuenta que descubrió que conocer la historia de tu localidad te genera automáticamente un respeto y cuidado por ella. Confirmando su argumento encontró una historia en su barrio que lo atrapó para siempre: la historia de los Estudios San Miguel.

Hablamos de más de 17 manzanas emplazadas en la localidad de Bella Vista, al noroeste del Conurbano, que hace 8 décadas se dedicaron por completo al séptimo arte. Allí, como en una línea de producción fordista ingresaba un guión y salía un rollo listo para su exhibición. Era una real fábrica de hacer películas.

Nos juntamos a charlar con él en una cafetería frente a la estación del tren en Bella Vista. La elección del lugar fue por comodidad de todos.

Como si fuera una obra del destino Exequiel señala con su dedo índice la mesa cuadrada del bar. Sonríe.

Nos explica que estábamos en la misma cafetería que entre 1941 y 1952 albergó a trabajadores y artistas mientras tenían su impasse entre escena y escena. El olor a café se siente fuerte. Sobrevuela melancolía.

Escenografía perfecta para una amena y extensa charla. Con cada sorbo de un humeante té y notoriamente orgulloso, Exequiel nos cuenta lo importante que fue Bella Vista cuando la convirtieron en la ciudad del cine.

Durante el relato uno no podía dejar de imaginarse qué conversaciones, qué amores y qué chismes de lo más sabrosos corrieron por esas paredes en aquel entonces. La imaginación vuela a toda velocidad. Él tampoco se detiene, repasa datos y notas de color. Trata de contar minuciosamente los pormenores de su investigación.

Todo parece salido de un guión de ciencia ficción. Para sorprender avanza con un detalle que califica de insólito y que tranquilamente podría ser la portada de cualquier diario de tirada nacional o revista. Resulta que uno de los directores más influyentes de la historia del cine mundial, nada más ni nada menos que Orson Welles, visitó la ciudad para conocer este proyecto. Fue especialmente invitado en el año 1942. Se hace evidente que la historia de esta ciudad esconde mucho más que una alameda.

***

Volvamos a la trama. Los estudios San Miguel comenzaron a erigirse en 1937 de la mano de Miguel Machinandiarena, un empresario que logró su fortuna mediante el negocio de los casinos en nuestro país y que junto a Eduardo y Francisco Ricci van planificando este gran sueño cinematográfico.

Los hermanos Ricci eran de Bella Vista, Eduardo ya conocía el negocio, era dueño de un cine en Nueva York, un cine muy particular que pasaba películas de cierto nivel técnico, muy costosas y para un público ciertamente selecto. Francisco fue otra pieza fundamental, era Ingeniero Químico y fue el encargado de lo que fueron los laboratorios de copia y revelado del estudio.

Ambos fueron poco reconocidos por los historiadores. Es difícil encontrar en libros algún dato sobre su participación en esta empresa. Sin embargo, Exequiel, el centinela de esta historia, no los ignora y los presenta como artífices de esta ilusión.
Miguel también conocía esta industria. Había incursionado en el cine con un traspié. En 1936 termina de rodar sus dos primeras películas las que jamás fueron estrenadas. Él mismo tomó la determinante decisión. Parecía disconforme con los resultados obtenidos.

De a ratos Exequiel se asegura con breves pausas que lo estemos siguiendo en su esmerado relato. Y puntualiza detalles sobre el viaje que realizó Machinandiarena a EE UU antes de armar las galerías y sets que conformarían finalmente los estudios San Miguel.

Es en el país del Norte donde este empresario se asesora de la tecnología necesaria para encarar el proyecto y avanzar con la aventura de crear una ciudad del y para el cine.

Machinandiarena se trajo unos planos de otro estudio “viste ese que aparece con la propaganda del león” cuenta con admiración Exequiel. Se refiere a los planos de los majestuosos estudios de la Metro Goldwyn Mayer.

En el bar en Bella Vista comienza a sonar música ambiente que de a ratos dificulta la escucha. Aunque esto no impide mantener la atención sobre cada detalle.
Es entonces, en el año 1937, que comienza a erigirse la “Hollywood” de Bella Vista, como algunos la calificaron. Un espacio dedicado al cine que contó con el mejor equipamiento y la mejor tecnología del momento, convirtiéndose en los estudios cinematográficos técnicamente más avanzados de Sudamérica.

Sin embargo, no es hasta 1940 que se estrena la primer superproducción de estos estudios. Se llamó “Petróleo” y fue filmada bien al Sur de nuestro país, en Río Gallegos, cuyos rollos fueron revelados en los laboratorios de Bella Vista.

A partir de allí, inició más de una década de esplendor para los estudios y para toda la ciudad.

Todo aquel vecino que merodeara por esas 17 manzanas, de alguna u otra manera comenzaba a involucrarse en el mundo del espectáculo. Y tal es así que muchos se convirtieron en técnicos, ayudantes, maquilladores o extras.

Se corría de boca en boca la información de cada nueva película y el barrio se convertía en una fiesta. La gente se agolpaba en los ingresos para poder ver a los artistas del momento y también por curiosidad, muchos otros se presentaban y se ofrecían para trabajar. Querían actuar de extras, pintar, barrer o lo que sea.

Las instalaciones de los estudios eran por lejos más confortables de las que podía contar un vecino promedio de Bella Vista para esa época.

Dentro de este gigante del cine no sólo había sets de filmación, también funcionaban talleres de herrería, carpintería y yesería para el armado de los escenarios y talleres de vestuario. Había salas individuales de proyección; un departamento de copia y revelado, y una sección de cámaras fotográficas y cinematográficas

Todo se hacía íntegramente en los estudios. Para un rodaje, en la manzana comprendida entre las calles Moine y la Plata, por ejemplo, se diseñó una escenografía imponente del antiguo Buenos Aires. Hasta contaban con usinas de motores diesel para generar su propia energía eléctrica. Se decía que los estudios podían dar luz a toda la ciudad.

Se estima que durante su cúspide emplearon a unas 700 personas. La fábrica de hacer películas produjo en total 78 films hasta el año 1952. Algunos premiados y reconocidos a nivel nacional e internacional. Grandes obras como “Nazareno Cruz y el Lobo”, “La Guerra Gaucha” o “Los isleros” y grandes figuras como Hugo del Carril, Libertad Lamarque, Leonardo Fabio, o Lucas Demare han trabajado e incluso vivido temporalmente en esta ciudad.

Hace 4 años, Exequiel, con el propósito de investigar esta historia creo una cuenta de Facebook llamada Estudios San Miguel. Gracias a ella accedió a fotos y anécdotas de lo más diversas. Se fascina al recordar que por estas mismas veredas que están a pasos nuestro y que vemos a través de los ventanales que rodean el bar mientras el sol cae realmente existió todo lo que investigó.

Apenas podemos imaginar la revolución que representó en ese momento para esta ciudad, a 40 kilómetros de Capital Federal, estos inmensos estudios; el cambio que se produjo en la fisonomía del barrio que de deliberadamente rural, pasó a ser una pasarela de cámaras, luces y claquetas. Durante la entrevista soñamos con la idea de caminar por la calle y ver aparecer al inefable Hugo del Carril, ir a tomar un café al bar de la estación, justo en el que estamos sentados, y tener en la mesa contigua a Eva Duarte repasando ansiosa sus letras antes de su debut como actriz. O tal vez, pasar por las inmediaciones de los Estudios y que Orson Welles se encuentre observando curioso el pujante proyecto en un pequeño poblado en el país más austral del mundo.

En la foto de abajo se ve al fondo los techos de los sets desde la calle
Exequiel a veces se mimetiza con la historia. Es que guarda más relación de la que cree con estos estudios. Indagando para su investigación supo por ejemplo que los terrenos de la casa de su abuela fueron parte de estos estudios, de hecho ese dato figura en la documentación legal de la transacción, también otros de sus familiares más cercanos guardan una estrecha relación: su abuelo, su papá y su mamá trabajaron allí. Flota nuevamente un aire de nostalgia.

Nuestro actor principal es algo tímido pero no menos curioso. Cuenta esta historia tantas veces como puede como intentando convertirse en el protagonista. De cierto modo, lo es.

Cuando quiere sorprender a alguien en una reunión cualquiera inicia con una pregunta que sólo él puede responder al dedillo: ¿Sabías que en mi barrio existieron los estudios cinematográficos más importantes de Sudamérica?

***

Pero lo bueno es efímero. Estos magníficos estudios que florecieron durante algo más de una década, comenzaron su triste ocaso en el año 1952.

Como si esta historia se empeñara en formar parte de una ficción, se esbozaron múltiples teorías de porqué el gigante del cine sudamericano apagó sus destellos para siempre y de por qué ni siquiera se conservan sus estructuras.

Exequiel comparte una teoría que le aseguró un fotógrafo que trabajó diez años allí y que podría formar parte de un guión para una película de suspenso. Esta teoría sostiene que el mítico Walt Disney enterado de este monstruo del cine y ante el temor de una exitosa competencia exigió que demolieran el lugar. Exequiel intenta aliviar con este mito pintoresco lo que no puede comprender: el empeño en destruir las cosas. Sostiene que haber destruido estas estructuras es también destruir en parte la cultura.

Muy lejos de estas conjeturas, la información histórica señala que fue luego de la Segunda Guerra Mundial que empezó a escasear el material virgen que venía de EEUU y que hacía posible filmar, y entonces la industria americana comenzó a incursionar en México y rearmar allí su estructura.

Argentina era el único gran productor de películas de habla hispana (ya que España no filmaba en esa época, porque estaba totalmente empobrecida) y esta situación le quitó al país todo el mercado. Al empezar ese retroceso, comenzaron a cerrarse los estudios.

Por su parte, Miguel Machinandiarena, el gran impulsor de este proyecto, ya no contaba con el fluido ingreso de dinero proveniente del negocio de los casinos, dado que le fueron expropiados por el entonces Presidente Juan Domingo Perón.

Se escurre como agua entre los dedos la fantasía de este trío de pioneros.

Como queriendo despertar de una larga pesadilla, Exequiel permanece incrédulo cuando relata la decadencia del lugar.

Cualesquiera sean las razones, lo cierto es que concluye una etapa dorada para los Estudios San Miguel, que no volvieron a repetirse nunca más.

En un intento por resucitarlos, en 1953 se forma una cooperativa llamada “Cinematográfica San Miguel”. Sin embargo, esto tampoco funcionó por mucho tiempo y los estudios se terminaron alquilando para productoras independientes. A pesar de esta debacle se grabaron en esta nueva etapa algunas películas muy importantes en la historia del cine de nuestro país como “Crónica de un niño sólo” de Leonardo Favio. No obstante, el desenlace era imparable.

El abandonado lugar atravesó el final de sus días como depósito de una fábrica de licores de la zona, la Hiram Walker, y hacia fines de octubre de 1980 comenzaron las demoliciones. Finalmente los terrenos fueron objeto de negocios inmobiliarios. Pasaron del oro al barro.

Aquellos paredones de enorme porte que supieron sorprender a propios y ajenos y llenar de magia y recuerdos a toda la comunidad se extinguieron para siempre.

Hoy sólo permanecen en pie los plátanos que rodearon las manzanas y que en aquel entonces fueron los recepcionistas de las grandes estrellas del cine argentino y una placa casi imperceptible en una esquina poco transitada.

Plátanos que rodearon y rodean las manzanas

Además una calle de escasos metros a la que bautizaron “Pasaje Estudios San Miguel” conserva inerte un cartel azulado con la memoria de aquel sueño.

Pero Exequiel no se da por vencido y continúa su investigación recopilando fotos e historias para contar con su propia voz lo que fueron los estudios San Miguel y lo glorioso que es su barrio. No trabaja sólo, tiene amigos que fue encontrando en el camino que lo ayudan en su andanza. Y fundamentalmente familiares o vecinos que lo acompañan en este viaje. Tiene pensado editar un libro fotográfico con todos los hallazgos de estos últimos 4 años para convertirlos en patrimonio de la ciudad.

Como gemas en medio de un océano, ha obtenido imágenes inéditas que copia cuidadosamente con su escáner portátil cada vez que lo invitan a una casa a revisar álbumes familiares que desean salir del olvido. Fotos que atesora como prueba irrefutable de lo que alguna vez sucedió.

Sueña con dejar una huella porque siente que la memoria es frágil. Que es necesario desempolvar esta historia por lo que significó. Quiere que el mundo se entere de estos estudios y por lo tanto de su célebre Bella Vista: La fábrica de hacer películas que no se resigna al olvido.

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