miércoles, junio 19, 2019
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Jorge me contó de la guerra

por Gisela EDERLE

Estuvo algo más de 18 años en silencio: no habló de Malvinas ni en su casa, ni siquiera con sus hijos.

Cuando empezó a escribir un libro se dio cuenta que tenía todo grabado, hasta el último detalle y describirlos en papel fue como un ejercicio de recuperación.

En 2016 Jorge me contó de la guerra. Tuve ese privilegio. Me contó sus razones, sus memorias que permanecen imborrables: no pasa un día en que no se acuerde alguna anécdota; me contó de sus miedos con el primer bombardeo cuando le temblaron las piernas el 1º de Mayo, los éxitos con su grupo de artillería antiaérea. Dejó que conociera su humanidad, su don de gente, su valía y la de sus compañeros, su familia numerosa y amorosa.

Cuando me topé con esta historia sobre Malvinas gracias a Javier Lucero no sabía con qué me iba a encontrar. No sé porqué razón pensé que me iba a encontrar con una persona mayor cuando viera a Jorge, pero él tenía la edad de mis viejos y yo aunque creía conocer, sabía poco y nada del tema.

Él había ido allá a los 24 años sin saber exactamente qué pasaría pero con la certeza de que algo grande venía. Quise verme a mis 24 o los 24 de mis amigos y no pude ni siquiera recordar que hacía, nada comparable con lo que Jorge me estaba por contar. También me pregunté varias veces como se saluda en estos casos, porque en el fondo pensé como saludo a un héroe, hay algo solemne ahí que no supe cómo resolver y cuando llegué a su encuentro solo le dije hola Jorge soy Gisela. Desde la capital lo llevé en mi auto hasta la universidad en el conurbano donde íbamos a grabar. Él contaba miles de detalles en el largo camino. Todo me parecía salido de la ciencia ficción. Yo quería que guardara lo más importante para grabarlo en la entrevista.

Ya en el estudio comenzaron casi tres horas de grabación. Jorge de a ratos tenía la mirada fija en algún punto como tratando de recordar cada cosa. Yo traté de hacer silencio en todo momento porque mis palabras eran innecesarias.

Me contó la vez que en medio de esta guerra el 23 de mayo, celebraron el día del soldado aeronáutico y como en carnaval se subvirtieron los roles A los soldados le dieron el día libre, o sea ellos podían hacer lo que quisieran. Entonces ninguno le daba ninguna orden. Si querían fumaban, si querían se tiraban a dormir, si querían se iban a pasear, pero estaban en plena guerra y todas las funciones que hacían los soldados, las tenían que hacer los de mayor rango como Jorge: cargar combustible, hacer la comida, y me contó como los soldados se rieron ese día.

Me contó cuando le enseñó a un soldado a disparar su fusil y cómo se convirtieron en amigos y con un nudo en la garganta y mis lágrimas de por medio me contó que el 14 de junio recibió la noticia de que un mortero lo había partido a la mitad en combate y lo único que conservaba de él era una estampita de la virgen de Luján en la que anotó “fallecido en combate el 14 de junio de 1982”.

De cómo se veía el puerto argentino cuando quedaron prisioneros tras la derrota. Era una imagen dantesca según sus palabras. Había distintos grupos de soldados que empezaban a arrancar las chapas para tratar de armar un refugio y poder pasar la noche un poco cubiertos. De cómo se desarmaban los aviones a mano. Daban saltos sobre las ruedas, se hacían fogones por todos lados para tratar de tener un poco de temperatura y de cómo los ingleses se paseaban victoriosos por el aeropuerto.

También me contó como María Elena, su actual esposa, en ese momento su novia, iba al registro civil en Bs As a cambiar la fecha del casamiento. Tenían previsto casarse para mayo del 82, plena guerra. La chica que atendía el registro le preguntaba ¿Qué fecha va a poner? Y finalmente decidió esperar porque no sabía la respuesta.
De cómo un profesor de la secundaria le aconsejó anotar todo lo que viviera allá, llevar una especie de diario de guerra y que él le hizo caso y luego sus anotaciones se convirtieron en un libro.

De cómo 29 años después del final de la guerra apareció Germán para descubrir que el soldado que creyó muerto estaba “vivito y coleando” en Rio Cuarto, Córdoba, y las 29 misas que le había celebrado en su nombre cobraban una nueva dimensión.
Me contó de ese reencuentro y de que se había salvado gracias a un casco y un fusil de la fuerza aérea que impidió que el mortero lo matara en combate.

Me contó del frío y del viento y cómo él vio caer el agua de todas las formas que existen: en copo de nieve, en rocío, neblina, lluvia fuerte, lluvia débil, Nieve fuerte, nieve débil. De la humedad de la tierra y el barro.

Yo cuento esto para que también conozcan a Jorge, al Teniente Jorge Luis Reyes, al que yo escuché, que vive en capital, te lo podes cruzar caminando por Rivadavia con alguno de sus nietos. Es un héroe y está entre nosotros. Cuento esto para hablar de Malvinas, de la guerra y de todos los significados que encierra.

Gracias Jorge

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