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Juego de tronos y el dilema del peronismo

por Pablo Chiesa

La unidad indispensable, ¿Pero cómo?

Ayer comenzó en más de 190 países en simultáneo y ante la mirada de millones de espectadores, la última edición de Game of Thrones. En el cierre de la temporada anterior los protagonistas de esta gran disputa por el poder (Jon Snow, Cersei Lannister y Daenerys Targaryen) debatieron la necesidad de unirse en un gran frente común, dejar las diferencias al margen y enfrentar un enemigo más poderoso que no está dispuesto a negociar: el Rey de la noche, líder de los Otros, como se los denomina originalmente en los libros George R.R. Martín (inevitable traer a la memoria a los Ellos, invasores de la tierra en “El Eternauta”, de Germán Oesterheld).

El capítulo de anoche regresó, como eje principal, sobre la misma inquietud. Los caminantes blancos, ejército de muertos vivos arrastrados por la codicia de destruir todo a su paso, avanzan hacia el mundo de los vivos luego de traspasar la gran muralla. Van por todos.

Sin dudas, el tema en cuestión es la unidad. En esa necesaria construcción, – pareciera más por espanto que por amor-, confluyen títulos heredados y batallas ganadas; egos; codicias personales; estrategias pragmáticas y voluntad militante colectiva para hacerle frente al problema. Claramente se distinguen roles de quienes ponen el cuerpo y aquellos que, en su lugar de poder y prestigio, mueven las fichas del juego.

El escenario electoral para la oposición política en Argentina, puntualmente para el peronismo-kirchnerismo, tiene mucho de reflejo con lo que pasa en esta serie de reinos, salvajes y dragones.

Un primer punto: el adversario está claro y no hay vuelta atrás. No existe ya margen de negociación. El macrismo, cada vez más cerrado en su círculo rojo, avanza como los caminantes blancos en un rumbo destructivo para la economía nacional y la sociedad en su conjunto. Inflación sin control, deuda externa récord, parálisis del consumo, retroceso de la industria, son solo algunos de los flagelos a la vista.

A priori esto es un punto muy a favor de la unidad. No hay espacio para la negociación de los “opositores moderados”, o al menos no la hay de cara a una sociedad enojada con lo que sucede a diario.

Sin embargo no alcanza con identificar claramente al adversario. La unidad, si se la pretende como algo más que foto de cortesía o una entelequia discursiva, requiere tener muy presente a los actores políticos intervinientes y el papel que juega cada uno de ellos. Y realizar gestos concretos para alcanzarla.

La serie, en su tramo definitorio, pone en tensión quien será el conductor de la unidad. Parece primar por sobre todo los recursos, pero también se meten en la discusión la fidelidad, el conocimiento de los candidatos y la especulación.

Nada nuevo para nuestro panorama. Mientras se aguardan definiciones, abundan los gestos de buena voluntad y también los recelos del pasado. Lo único cierto al momento es que Cristina, la mejor posicionada y capacitada para conducir la lucha electoral, optó por una estrategia de apertura y dialogo. Algunas de sus múltiples reuniones son de público conocimiento, pero hay de las otras que no salen en la prensa. El objetivo es sumar y el mensaje hacia afuera es “con todos adentro”. Por dar solo un ejemplo, en ciertas discusiones de la agenda pública (de las que ahondan “la grieta”) como la de pañuelos verdes y celestes, la ex Presidenta puso el interés común por sobre los posicionamientos parciales. (E incluso más: a sabiendas de la necesidad de fortalecer el lazo con la iglesia de Francisco frente a la alianza de sectores evangelistas con Vidal, no hizo lugar al pañuelo naranja).

Otros actores de menor peso (Massa, Lavagna) juegan a ser el equilibro de una balanza sobre el punto débil de la ex Presidenta: el rechazo de un sector de la población, aquel claramente más permeable a la campaña de fuerte desprestigio encarada por el multimedio Clarín y las líneas editoriales de algunos medios formadores de opinión. Pero tanto el tigrense como el ex ministro están todavía lejos de sumar voluntades en forma de votos o apoyos territoriales. Bastante más detrás de ellos incluso, gobernadores como Urtubey y Uñac.

Finalmente, lo que no muestra Game of Thrones pero si sucede en nuestra realidad nacional, es el rol que juegan los poderes fácticos y sus condicionamientos a la democracia real. ¿Alcanza la unidad política-electoral frente a esos poderes que, históricamente, ponen reglas de juego económicos, realizan golpes de mercado y predominan en el plano simbólico con el potencial de los medios masivos?

De las posibles líneas de comunicación entre la oposición y estos sectores se sabe mucho menos. Negarlos sería un error. Forman parte del paisaje y más, porque aunque causantes de muchos de nuestros males, el sector agropecuario, la banca internacional y los grupos económicos concentrados están allí y no se van a ir, gane quien gane. A esto además se suma un contexto regional adverso (especialmente por nuestro principal socio comercial, Brasil) para el retorno de un proyecto nacional y popular.
Pero el mal sigue avanzando y queda poco tiempo para lamentos. La unidad se hace indispensable. Constituirla será otra cosa, más propia de una obra de artesanos, donde los tiempos de la política deben ser meticulosamente cuidados y los acuerdos alcanzados responder a una misión más altruista: recuperar la Patria antes de que el daño sea demasiado grande.

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